El manual de ética es un instrumento esencial para la comunidad marista, ya que impulsa el mejoramiento continuo de sus procesos y acciones. Este compromiso ha dado origen a estrategias orientadas a la calidad, la responsabilidad social y el crecimiento humano, facilitando que los miembros de la comunidad vivan y transmitan estos valores de manera auténtica y significativa.
El código de ética ha evolucionado a lo largo del tiempo; su primera versión fue publicada en 2014. En este documento se plasman el pensamiento y los valores que inspiran a la comunidad, alineados con el llamado de la Iglesia y las expectativas de la sociedad.
Este código funciona como una carta de navegación que guía las acciones de quienes asumen la misión evangelizadora. Constituye un horizonte ético que establece pautas de comportamiento y proporciona los parámetros necesarios para interpretar diversas situaciones, facilitando la resolución adecuada de posibles conflictos en el desarrollo de sus responsabilidades.
Uno de los valores más destacados en el código es la sencillez, basada en la humildad que permite escoger siempre lo verdadero. Para el Hermano José Martínez, la sencillez significa dar sin ostentar, entendiendo que con poco se puede vivir y disfrutar plenamente. Compartir lo poco que se tiene refleja el sentido de familia y auténtica sencillez.
Estamos llamados a compartir, a no considerarnos superiores a los demás y a vivir con humildad. Dentro de las características que fortalecen la identidad marista, sobresale el espíritu de familia, que invita a la convivencia fraterna y al apoyo mutuo.
El amor por el trabajo y la dignificación del ser humano son también valores fundamentales. A través del trabajo, se contribuye al bienestar, valorando el esfuerzo y los resultados. Así se concretan los sueños de quienes lo realizan y se cumple la misión educativa encomendada por San Marcelino Champagnat.
En la comunidad marista, el trabajo es un valor que permite asumir tareas colectivamente y adoptar una cultura de responsabilidad compartida. El modelo de fe se inspira en María, y mediante la esperanza, la caridad, la alegría y la escucha se fomentan relaciones auténticas y significativas, especialmente con niños y jóvenes.
Otro valor relevante es la presencia, entendida como una dedicación profesional y un acompañamiento responsable que promueve relaciones basadas en el afecto y el respeto. Asimismo, la solidaridad, que como virtud implica reconocer y apoyar al prójimo, particularmente en contextos de dificultad y necesidad espiritual.
El uso evangélico de los bienes complementa este código de ética. Es fundamental una administración adecuada, honesta y responsable de los recursos, para servir eficazmente en la labor evangelizadora y mantener un equilibrado manejo de los bienes.
Para llevar a cabo todo lo anterior, es imprescindible seguir las directrices de los fundamentos institucionales, que se centran en la misión de dar a conocer a Jesucristo y hacerlo amar, así como en la adopción de acciones solidarias basadas en decisiones éticas que promuevan la ayuda mutua y el respeto.

