Con espíritu de comunión y mirada esperanzada hacia el futuro de la misión, se dio apertura al Encuentro de Obras Sociales Maristas de Colombia, un espacio de reflexión y proyección compartida que reúne a quienes, desde distintos territorios, encarnan el servicio marista junto a los más vulnerables. La jornada inicial contó con la presencia del Hno. Leonardo Yepes Núñez, Provincial, quien animó este comienzo presentando un profundo contexto de la realidad actual de la misión marista y del entorno social, eclesial y cultural donde las obras sociales hacen presencia.
Sus palabras invitaron a situar la acción cotidiana en diálogo con los desafíos del presente, reafirmando el sentido, la identidad y la fidelidad al carisma que sostienen y orientan la tarea solidaria marista:
En cada territorio donde una obra social marista abre sus puertas, hay un gesto silencioso que se repite: un niño que llega a buscar apoyo, una familia que pide orientación, un joven que necesita un lugar seguro para aprender y volver a creer en sí mismo. En esos encuentros cotidianos se juega algo más que un servicio social, se juega el sentido.
Hoy compartimos la tarea solidaria con múltiples actores: organizaciones de Iglesia, iniciativas comunitarias, entidades públicas y privadas, ONG’ s confesionales y no confesionales. Ese trabajo conjunto es valioso y necesario. Sin embargo, nuestra solidaridad tiene un fundamento que la define y la sostiene: hacemos lo que hacemos por Jesús y su Evangelio, como actualización del Reino aquí y ahora. Esta convicción no es un adorno del discurso; es el corazón de la misión. Porque cuando el servicio pierde su raíz, corre el riesgo de convertirse solo en operación: proyectos que dependen de recursos y que se debilitan cuando la financiación se reduce. En cambio, cuando la espiritualidad alimenta la acción, la misión se sostiene con un sentido más firme y una esperanza más profunda.
Por eso, hablar de obras sociales es hablar también de espiritualidad. No como práctica formal ni como cumplimiento, sino como fuente. Jesús mismo buscaba el silencio y la oración para renovar su fidelidad a la misión.
De manera semejante, las obras sociales necesitan cuidar espacios reales de oración, reflexión, Evangelio y celebración. Allí se renueva la motivación y se fortalece la opción. Sin esa fuente interior, la acción pierde sabor; se vuelve mecánica, pesada, desgastante. Con ella, el servicio recupera su dirección: servir es más que hacer; es acompañar vida.
Esta misión tiene además un “desde dónde” que no es neutral. El Evangelio muestra que Jesús optó por los pobres, por quienes vivían carencias, por los pequeños, por quienes estaban más expuestos a la fragilidad. Esa opción no excluye a nadie, pero define un punto de partida. En nuestras obras sociales ese “desde dónde” se hace visible: en los rostros concretos de los niños, jóvenes y familias que acompañamos. Por eso fortalecer las obras no significa solo ampliar cobertura; significa consolidar identidad, recrear respuestas y mantener viva la capacidad de discernir qué necesita hoy la realidad.
Esa realidad, además, está cambiando. Y planear el 2026 exige leer el contexto con atención. Entre muchos factores, conviene considerar al menos tres. Primero, los cambios demográficos: en varios territorios se observa una disminución progresiva de nacimientos, lo cual impacta el sistema educativo y puede modificar, a mediano plazo, la composición de las poblaciones atendidas. Segundo, la movilidad humana: en distintos lugares la presencia de familias migrantes y en tránsito forma parte de la vida cotidiana, con desafíos de integración, protección y garantía de derechos. Tercero, la transformación tecnológica: la inteligencia artificial está cambiando la manera de aprender, comunicarnos y trabajar; plantea retos éticos y también oportunidades para mejorar procesos, sistematizar, formar y servir mejor. Ninguno de estos factores define por sí solo el rumbo de la misión, pero todos invitan a mirar con realismo y a recrear con sabiduría.
En medio de todo, hay una clave que no puede perderse: nuestro carisma es presencia. La misión marista no se vive desde la distancia. Se vive estando cerca: escuchando, acompañando, compartiendo la vida, siendo accesibles. Las tareas administrativas son necesarias, pero no pueden desplazar lo esencial. La gente reconoce el estilo marista cuando encuentra una presencia humana, disponible y cercana. La presencia educa, sostiene, protege y evangeliza sin estridencia.
Por eso, la planeación 2026 no puede reducirse a un ejercicio técnico. Es un ejercicio de comunión y proyección. Planear es alinear el sentido, fortalecer la identidad y construir juntos un camino posible. En este marco, se vuelven especialmente relevantes los ejes que orientan nuestro trabajo: Levántate, Opina y Participa; la Promoción, Defensa y Garantía de Derechos; el fortalecimiento de la espiritualidad marista; las llamadas del Capítulo General Marista y las llamadas provinciales
Estrategias transversales como el Aprendizaje y Servicio; la planeación de actividades y el presupuesto anual; y, de manera especial, el desafío de caminar juntos como obras sociales en Colombia, fortaleciendo la integración y el trabajo en red.
Al final, lo que sostiene esta misión es una certeza simple y exigente: nuestras obras sociales existen porque hay un porqué y un desde dónde. Cuando ponemos las manos, la mente y el corazón en el servicio, nos integramos en un proyecto mayor: el proyecto del Reino, que se hace vida en lo cotidiano. Leer el contexto, cuidar el sentido y planear juntos no son tareas separadas, sino dimensiones de una misma fidelidad.

